Escribir o no escribir... a mano


Estos días he leído varios artículos sobre el mismo tema: ya nadie escribe a mano.


De hecho, uno de los artículos que he leído trataba sobre los nuevos planes educativos de un país nórdico que pretendía eliminar la caligrafía del currículo escolar. Vamos, que los niños van a empezar a teclear o, como mucho, practicar caligrafía en una tableta en lugar de hacerlo con lápiz sobre un papel.


Lejos del valor sentimental que pueda tener para algunos, ¿no os parece que se pierde algo? La letra es parte de nuestra identidad, es algo... único. La personalidad, la educación, el entorno, el estado de ánimo... hay mil factores que modelan nuestra letra, nuestra buena o mala letra. 

Hoy en día, a la hora de personalizar nuestros escritos nos decantamos por fuentes de letra que simulan caligrafía personal, en lugar de escribirlo nosotros mismos. El impacto de una nota manuscrita –de verdad– es muy superior al esfuerzo que cuesta redactarla. A este paso, imagino a los escritores estampando sellos electrónicos con dedicatorias en lugar de dedicar los libros como se merece su público.

Por mi profesión, cada año tengo la oportunidad de conocer a docenas de personas nuevas. La mayoría son veinteañeros y, por tanto, tienen su personalidad bastante formada cuando pasan por mi clase. Desgraciadamente, las clases son grandes y no nos ponen fácil llegar a conocer a los alumnos más allá del nombre y su nota final. Yo me resisto, trato de aprender sus nombres en las primeras dos semanas de clase para poder entablar una relación de respeto que favorezca el aprendizaje –no concibo un clima adecuado de enseñanza si uno no conoce el nombre de su interlocutor–. Después, siempre pienso lo mismo «Quiero conocer su letra». Es entonces cuando de verdad llego a conocer un poco cómo son: si son nerviosos, si quieren aprender, si son perfeccionistas, si no desean estudiar... Al conocerlos algo mejor puedo intentar llegar a ellos de un modo más adecuado. A veces no es posible, pero otras sí. Como saben los grafólogos, la letra no miente. Por eso, a la gente que me importa le he dicho en algún momento «Me gusta conocer tu letra».

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