Perder la ilusión de ser profesor

Siempre he defendido que la enseñanza es vocacional. Al igual que otras carreras, como las relacionadas con la medicina, si a uno no le sale de dentro, es mejor que se dedique a otra cosa. Hay ciertas profesiones para las que es imprescindible tener ilusión. He discutido cientos de veces sobre esto porque en España la docencia está infravalorada, muy infravalorada.
Estoy segura de que todos recordáis a un profesor del colegio o del instituto. Una persona que os marcó. Alguien que hizo que pensaseis en vuestro futuro profesional, que cambiaseis vuestra actitud hacia las letras o las matemáticas o la historia o el dibujo... Recordáis una frase que os dijo aquel profesor, nunca olvidaréis aquello que dijo en clase, lo tenéis grabado. Todos recordamos a ese profesor que nos dijo que un día estaríamos en un laboratorio, en un despacho, en una sala de reuniones, viajando por el mundo, en un quirófano... o incluso sobre una tarima.
Si todos reconocemos la importancia que tienen los buenos profesores en nuestra vida, ¿por qué muy pocos reconocen su trabajo? ¿Por qué más de la mitad de la sociedad cree que cualquiera puede ser profesor? ¿Cualquiera puede ser enfermero, abogado, informático, fisioterapeuta, dibujante...? No. Del mismo modo, hay pocas personas que tengan la ilusión, las ganas, la capacidad y la valentía de enfrentarse a un grupo de personas para intentar transmitirles conocimientos.
La tarima es un escenario y el público es mucho más exigente que el que encontrareis en ningún teatro. 
Además del desprecio con el que la mayoría de las personas trata a los profesores porque, a su juicio, cualquiera puede hacerlo y, encima, tienen muchas vacaciones (otro mito como el de que todos los españoles bailamos flamenco), los profesores tienen que lidiar diariamente con los hijos de las personas que opinan así. Hemos llegado a una de las claves del día a día de un profesor: el respeto o, más bien, la falta de él.
Imaginad que vais a trabajar cada día y el ochenta por ciento de vuestros compañeros no sólo no os escuchan cuando les habláis sino que os escudriñan cada vez que llegáis, cuchichean entre ellos, os ignoran y os tratan con cero respeto. ¿Cuánto tiempo soportaríais esa situación con una sonrisa en los labios? Ése es el día a día de muchos profesores en este país.
Por supuesto que hay malos profesionales en todos los campos. En todos. Pero estar hablando, como hacen mis amigos, sólo de aquel profesor que trata de ligar con sus alumnos o de aquel otro que tiene un comportamiento inapropiado en clase, no soluciona las cosas, más bien lo contrario. ¿Por qué no hablamos de los buenos maestros que se dejan la piel en el aula para que nuestros hijos, hermanos, sobrinos sean buenos profesionales en el futuro? ¿Por qué no valoramos su trabajo y educamos en respeto hacia ellos? Claro, es más fácil criticar a los cuatro incompetentes que dan fama al resto, así nos va.
Es muy fácil perder la ilusión cuando todo a nuestro alrededor es hostil. Los profesores se enfrentan cada día a terreno poco amistoso (padres, abuelos, tutores, alumnos...). Cada día tienen que convertirse en actores e interpretar un papel que tenga éxito con el público que le ha tocado ese día. Si no tienen éxito, al día siguiente tienen que volver a intentarlo sabiendo que la predisposición será negativa. Y así cada día. Cinco o seis grupos de público diferente al día. Cinco o seis papeles diferentes que interpretar cada día y que preparar, con las modificaciones pertinentes, para el día siguiente.
¿De verdad alguien duda del estrés al que está sometido un profesor? ¿De verdad pensáis que cualquiera puede hacerlo? ¿De verdad no entendéis que tantos profesores estén perdiendo la ilusión? 
Mañana volveré a subirme a la tarima e interpretar mi papel. Espero que el público disfrute y aprenda algo de todo lo que he estado preparando. Si no lo hace, modificaré el guion, mi actuación y volveré a intentarlo al día siguiente. Soy profesor. Es mi misión.

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