Velvet: un gran comienzo y un gran final



Supongo que, en el fondo, soy una romántica. Por eso me enganché a la pequeña historia de amor de Alberto Márquez y Ana Rivera. Esos niños que se conocieron, crecieron juntos y se enamoraron; ese amor que superó mil obstáculos, se mantuvo durante años de distancia (¡dos veces!) y... ese final feliz. 

Pese a sus altibajos, Velvet tuvo un gran comienzo y ha tenido un gran final. Celebrémoslo.

Confieso que no me perdí ninguno de los capítulos de las primeras dos temporadas. Tanto la historia principal como las protagonizadas por los magníficos secundarios de esta serie coral me atraparon por completo: el maravilloso Raúl de la Riva, el famosísimo diseñador de Velvet que se come la pantalla cada vez que sale; Clara y Mateo, mis favoritos, tanto como pareja como de forma independiente; Rita y Pedro, los que tienen el peso cómico de la serie junto con Jonás, el primo del pueblo que revoluciona el chiringuito cuando demuestra que es un maestro con la aguja; don Emilio y doña Blanca, los grandísimos Pepe Sacristán y Aitana Sánchez-Gijón, sin palabras. Historias paralelas que hacen que Velvet vaya algo más allá de un Romeo y Julieta en unos almacenes de la España de la segunda mitad del siglo XX.

¿Temas interesantes que trata la serie? Aunque no profundice en ninguno de ellos, sí se muestra cómo estaba el patio en cuanto a la situación de la mujer en esa época, las condiciones laborales, la homosexualidad, el acoso sexual o el divorcio, entre otras. De forma muy superficial, eso sí (tampoco podemos esperar mucha crítica social del grupo Antena3, ¿no?). 

[Contiene spoilers, aviso] 
A mediados de la tercera temporada, cuando empezó a cambiar la historia porque Miguel Ángel Silvestre/Alberto Márquez dejaba la serie (para irse a rodar la magnífica Sense8), empezó a decaer la trama, a mi juicio. Lo de vender las galerías a un inversor italiano y que el gigoló-malo-malísimo de turno vaya a hacerse cargo de la empresa familiar, como que no. Ahí ya empezó a ser un culebrón de estos que dan en la tele después de comer. Y eso era sólo el principio. 

La cuarta temporada empezó tan embrollada que no había por dónde cogerla: años más tarde, Ana Rivera ha cumplido su sueño y es una diseñadora famosa, Mateo trabaja en una revista de actualidad y ni Clara ni él se dirigen la palabra, el italiano dirige las galerías como si fuera el dictador que gobernaba España por entonces y a la pareja cómica le cambian la risa por el llanto, pues la obligan a luchar contra el cáncer. Buf. Demasiado para mí.

Yo veía esta serie para divertirme, desconectar del día a día y disfrutar con los pequeños momentos románticos de la serie (esos aviones de papel, ¡por favor!). 

Así que dejé de verla. Sólo veía los resúmenes del inicio de cada capítulo, así me enteraba de si volvía la cordura y el buen hacer a esa serie que tanto me había gustado. 

Tuvo que volver Alberto Márquez en el penúltimo capítulo para que las aguas volviesen a su cauce. Mateo fue a buscarlo, pues no estaba muerto sino que estaba de parranda en Nueva York, y cuando volvió se arregló todo y por fin, POR FIN, pudimos tener el final feliz que tanto habíamos esperado. El momento reencuentro entre Ana y Alberto bajo la lluvia madrileña volvió a desatar todo el romanticismo que teníamos hibernando. Cuatro bodas y un funeral, Desayuno con diamantes... y es que todo es más romántico con lluvia. ;) 

La gran sorpresa que nos dio Velvet en el último capítulo fue emitir un pequeño fragmento en directo. Pese a que ha sido muy criticado, para mí se merecen un fuerte aplauso por intentar que fuese especial, por esforzarse por darle a los espectadores algo más. En un mundo en el que todo es mentira, desde las fotos retocadas hasta los playback en los conciertos, este pequeño equipo se ha esforzado por darnos unos minutos de directo como colofón y premio a los cuatro años de fidelidad velvetiana. Sí, el sonido era un poco raro y las sonrisas duraban demasiado, pero tiene muchísimo más mérito que si lo hubieran grabado. Fue diferente y, como espectadora, yo se lo agradezco.

Pero lo que más agradezco tras estos cuatro años es que, por fin, en este mundo seriéfilo en el que parece que si no hay una catástrofe natural o muere uno de los protagonistas en el último minuto no se puede hacer una buena historia, tuvimos final feliz. Eso, para mí, ha sido lo mejor de todo. :)
La primera vez fue la más romántica

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