Dime quién soy (o mejor no me lo digas)


   Me da mucha rabia sentir que un escritor me toma el pelo. No sólo es decepción sino burla, que es mucho más grave. Eso es lo que me ha hecho sentir este libro, que se han burlado de mí como lectora. No soy una persona rencorosa, pero como lectora la cosa cambia, por lo que pienso hacer lo posible por no leer otra novela escrita por esta señora.
   Lo que más rabia me da es que me habían recomendado el libro varias amigas y, de hecho, por eso no abandoné el libro a la mitad, pues quería discutir con ellas todos los sinsentidos que, a mi juicio, inundan este libro. 
   Seguro que muchos lo habréis leído, pues es bastante conocido —no entiendo por qué—, pero todos aquellos que no lo conozcan pueden seguir leyendo porque no voy a entrar en demasiados detalles del argumento y no voy a destripar la historia. 
   ¿Por dónde empiezo? Por la protagonista o, mejor dicho, uno de los personajes principales, porque es un personaje tan flojo que, a mi juicio, tampoco puede considerarse «la protagonista». Ese es el primer fallo. En teoría, según nos vende la presentación de la novela:

 Un periodista investiga la apasionante vida de una antepasada suya, una mujer que vivió intensamente el siglo XX desde los convulsos años de la república hasta la caída del muro de Berlín.

   Efectivamente, habéis leído bien, dice que vamos a descubrir la «apasionante vida» de una antepasada del periodista. No niego que la vida de Amelia Garayoa, así se llama la señora en cuestión, estuviese llena de acontecimientos singulares, que sí lo estuvo ya que la historia es como una versión mala de Forrest Gump, el problema es que la supuesta protagonista es un personaje flojo, con el que dudo mucho que algún lector haya conectado. A ver, señora escritora, si pretende narrar la vida de una chica que vivió numerosas aventuras durante la Guerra Civil española, entre otros conflictos, ¿no debería haber escrito usted un personaje con cierto carisma, por poco que sea? Ese es el primer error garrafal de la novela, que si lo que pretende la autora (y debería) es que tengamos curiosidad por las aventuras de la tal Amelia, con lo sosa, pánfila y poco inteligente que es, pues va a ser que no, curiosidad ninguna. 
   El segundo error garrafal, que hizo que quisiese dejar la novela más de una vez en una de las papeleras del metro, es que la historia tiene mil narradores omniscientes. ¿Perdona? ¿Cómo es posible que casi todos los personajes de la novela se hayan convertido por arte de magia —no-harrypoteriana, claro está— en narradores omniscientes en algún momento de la historia? Pues sí, queridos lectores, en cuanto el periodista que investiga la vida de Amelia visita a algún personaje y le pide que le cuente alguna de las aventuras de la vida de la prota, ¡zas! este se convierte en narrador que todo lo sabe y todo lo recuerda sobre esa aventura en concreto. Hay un caso particular en el que es tan forzada esta omnisciencia que hizo que soltase una carcajada en pleno autobús (suerte que allí no había papelera), se trataba de un hombre que conoció a la protagonista cuando tan solo era un niño pequeño y oh, sorpresa, recordaba con pelos y señales conversaciones de alcoba de Amalia con su pareja de turno. ¿Sería un niño que había escapado de algún cómic de Marvel y tenía oído prodigioso porque le había picado una mosca coj...? Bueno, creo que ya captáis a qué me refiero. 
   Podría continuar con los errores de argumento, pero prefiero no destripar la historia, aunque tampoco hay demasiado que destripar porque si uno es un poco avispado, en el tercer o cuarto capítulo ya descubre cómo va a terminar la historia. O sea, no esperéis ninguna sorpresa en un libro de más de mil páginas —será para que quepan todos los narradores...—. 
   Lo único positivo del libro ha sido poder comentarlo con mis amigas durante una de nuestras quedadas gastrolectoras. Por lo demás, me sobraron casi cada una de esas más de mil páginas. Para magia prefiero leer a Harry Potter, donde no me sobra casi ninguna página.

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